Sé lo que es no poder encender la luz

Me llamo Nadia. Durante seis años viví aislada por la electrohipersensibilidad. Hoy acompaño a personas que están viviendo lo que yo viví.

Una tienda de campaña en un bosque con niebla, en la Sierra de Gredos
Una de las tiendas donde dormí en la Sierra de Gredos.

Mi historia

Durante años tuve síntomas que nadie sabía explicar: un cansancio limitante que no se iba, reacciones a productos de higiene y a algunos alimentos que, en principio, parecían alergias y que me llevaron a urgencias más de una vez, y problemas de salud de todo tipo, impropios de mi edad, que nadie supo explicar durante décadas. En 2017 decidí pintar mi casa y ese fue el detonante: de la noche a la mañana, mi historia cambió. A los pocos meses me diagnosticaron sensibilidad química múltiple y electrohipersensibilidad, entre otros problemas de salud. Llegué a no tolerar casi ningún alimento: durante un tiempo solo podía comer calabaza.

En marzo de 2017 dejé Canarias y me fui a Madrid para tratarme en una de las tres clínicas que había entonces en el mundo dedicadas a las enfermedades ambientales. Fue un tratamiento muy caro: mi familia tuvo que vender su casa para hacer frente a las deudas. Era una lucha a contrarreloj por salvar la vida, porque llegó un momento en que ni siquiera toleraba la calabaza y empezaba a rechazar el agua.

Y a la vez había que encontrar una casa que pudiera tolerar, en cualquier punto de España, y eso lo complicó todo aún más. Viví en una residencia en Chapinería asociada a la clínica, en la Sierra de Madrid, en Ávila, en Granada. Viví en furgonetas, en la montaña, en construcciones de pacas de paja que me hacía Protección Civil y, cuando ya no toleraba nada más, en cajas de cartón que construía yo misma entre los árboles, con un colchón de hojas secas de roble, porque tampoco toleraba según qué tejidos. Hubo temporadas en que tuve que dormir sola en medio del bosque, porque no toleraba lo que había alrededor. Sin luz y sin poder hablar con mi familia ni con mis amigos: nos carteábamos.

Una caja de pacas de paja entre robles Una cama con mosquitera en el bosque, de noche Un refugio de plástico sobre un colchón en la sierra
Algunos de los sitios donde dormí en la Sierra de Madrid y en la de Gredos, cuando no toleraba ninguna casa.

Encontré personas que me comprendieron desde el primer momento, y otras, incluso amigos y conocidos, que por desconocimiento decían que era psicosomático o que estaba metida en una secta, porque tuve que incomunicarme por completo. Nada de esto lo habría superado sola. Mi madre, Rosa, dejó toda su vida aquí para venirse conmigo. Ella hacía la compra, porque yo no podía ni acercarme al pueblo. Cuando cocinaba, yo me tenía que ir lejos de la casa hasta que la comida estuviera hecha, y nos avisábamos con unos silbatos.

Un cortijo en la Alpujarra

Al final encontramos un cortijo en La Contraviesa, en la Alpujarra de Granada: sin electricidad, sin antenas cerca, sin fumigaciones alrededor. Fue una joya en medio de la montaña, y allí pude empezar a recuperarme. Un ambiente limpio, un programa de neuroplasticidad, que fue de lo que más me ayudó, y otros tesoros que fui encontrando por el camino me permitieron ir exponiéndome poco a poco, hasta tolerar también la ciudad.

A finales de 2020, todavía en la Alpujarra y cargando el móvil con baterías, empecé a hablar con otras personas afectadas. Les contaba lo que yo había aprendido, sin ningún compromiso, coste ni retribución. Muchas veces lo que les recomendaba no costaba nada: cable en vez de wifi, bajar las palancas por la noche, cómo organizar su casa y su día a día para estar menos expuestos. Ser electrohipersensible te obliga a desaprender una vida entera y a construir otra, por necesidad, con un estilo de vida muy distinto. Donde muchos ven progreso digital y comodidad, a otros ese mismo avance nos obligó a vivir de otra manera. Estas enfermedades ambientales son muy crueles: te alejan de los abrazos y de las personas que quieres, porque la mayoría usa detergentes, perfumes o productos que te impiden acercarte a ellas. Eso sí, siempre hay tesoros escondidos.

Propósito vital

Después de una carrera de obstáculos que parecía no terminar, en mayo de 2023 volví a Canarias. Salí del desierto: de estar aislada, de dormir a la intemperie, de la incertidumbre diaria y de un sinfín de situaciones extremas, a poder hacer una vida normal, bajo un techo y sin miedo a enfermar, encendiendo luces, escribiendo desde un teléfono móvil, durmiendo en una cama calentita, recuperando los abrazos.

Nadia en un columpio en un jardín

Por eso mi símbolo es una mariposa azul: la transformación después de todo ese desierto.

¿En qué se convirtió toda esta experiencia? En una misión, una visión y un propósito al servicio de quien lo necesite: personas afectadas y sus familias, y también personas con inquietud, conscientes de lo que les rodea, que quieren elegir una forma de vivir más acorde con sus principios. En el desierto aprendí a encontrar oasis y caminos, y hoy puedo acompañarles a encontrar el suyo.

Un amigo, compositor y cantante, me regaló una canción cuando yo todavía vivía aislada en la montaña. Cuenta mi historia y es un himno de esperanza para quienes están pasando por esto: que se puede salir del desierto.

Mariposa azulEscuchar la canción en YouTube

Lo que me dicen las personas a las que he acompañado

«Quiero agradecer a Nadia todo el cariño, esfuerzo y dedicación que pone en lo que hace. No solo por su profesionalidad y sus ganas de dar a conocer el producto, sino también por su cercanía, su preocupación por cada detalle y por estar siempre pendiente, haciendo un seguimiento con tanto interés. ¡Gracias, Nadia, por tu entrega, tu entusiasmo y por poner tanto corazón en tu trabajo!»

Ana Loli · El Hierro

Con el tiempo, acompañar a otras personas se convirtió en mi trabajo. Hoy soy la delegada de Pranan en Canarias y llevo Narutech. Recomiendo pocas cosas, elegidas con la exigencia de quien ha probado mucho, y te digo también lo que no hace falta que compres. Si tú o alguien cercano están pasando por algo parecido, escríbeme. Te cuento lo que sé, con calma y sin compromiso, aunque al final no compres nada.

¡Gracias, Dios, por todo!

Escríbeme

En los medios

En septiembre de 2018 conté mi historia, con mi madre, en el programa Viva la vida de Telecinco.